El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

roble; e inmediatamente su rugosa corteza se había abierto, y había aparecido una hermosa doncella, que supuestamente era la hamadría- da del roble, y que vivía en su interior, com- partiendo su larga vida y regocijándose cuan- do sus verdes hojas jugueteaban con la brisa. Pero ninguna de aquellas doncellas había visto a Proserpina. Y, un poco más lejos, Ceres quizá se acercara a un fresco manantial, que brota- ba de una oquedad entre redondos guijarros, y moviera el agua con las manos. Y queridos niños, escuchad atentamente, pues del lecho de piedras y arena, e impulsada por el propio surtidor de la fuente, quizá apareciera una joven doncella con el pelo chorreando, y mira- ra a la madre Ceres con medio cuerpo fuera del agua, formando pequeñas olas con su con- tinuo vaivén. Pero, al preguntarle si la niña se había detenido a beber en aquel lugar, la ná- yade, con ojos llorosos (pues estas ninfas tie- nen lágrimas de sobra para todas las penas del mundo), respondería: “¡No!”, con una voz pa- recida a un susurro, semejante al murmullo de

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