El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
que supiera por dónde empezar a buscar. Así pasó la noche; y siguió buscando y buscando, sin sentarse a descansar ni detenerse a comer, y sin acordarse siquiera de apagar la antorcha, a pesar de que la primera aurora y la brillante luz de la mañana hacían que la llama roja se viera muy pálida y delgada. Pero yo me pre- gunto de qué estaría hecha aquella antorcha; pues ardía muy tenuemente durante el día, y por la noche era tan brillante como siempre, y no se apagó jamás ni con la lluvia ni con el viento, a lo largo de los agotadores días y no- ches que pasó Ceres buscando a Proserpina. No solo iba pidiendo noticias de su hija a los seres humanos. Encontró en los bosques y en las riberas a numerosas criaturas de distinta naturaleza, que en aquellos viejos tiempos fre- cuentaban los sitios tranquilos y solitarios; y siempre eran sumamente amables con las per- sonas que entendían su lengua y sus costum- bres, como era el caso de la madre Ceres. Al- guna vez, por ejemplo, había golpeado con su dedo el nudoso tronco de un majestuoso
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