El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
así que debe de ser venenosa; quizá haya en- venenado a mi pobre hija”. Pero guardó la flor venenosa en su pecho, sin saber si encontraría alguna vez otro recuerdo de Proserpina. A lo largo de la noche, Ceres llamó a la puerta de todas las casas y granjas, y despertó a los fatigados labradores para preguntarles si ha- bían visto a su niña; y ellos, boquiabiertos y medio dormidos en el umbral, sintiendo mucha lástima de ella, le suplicaron que se quedara a descansar. Llamó a los palacios con tal ímpetu que los criados se apresuraron a abrir las puertas, pensando que se trataba de algún rey o reina, que exigiría una cena sucu- lenta o un lujoso aposento donde alojarse. Y, al ver tan solo a una triste y ansiosa mujer, con una antorcha en la mano y unas amapolas marchitas en su cabeza, le hablaban con rude- za y a veces, incluso, la amenazaban con echarle los perros. Pero nadie había visto a Proserpina, ni podía darle pista alguna para
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