El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

explicarle lo poco que sabían que, antes de que la madre Ceres comprendiera que tenía que buscar a su hija en otros lugares, anoche- ció por completo. Así es que encendió una an- torcha y emprendió la marcha, dispuesta a no volver sin haber encontrado a Proserpina. Y era tal su prisa y su estado de angustia que se olvidó completamente del carro y de los dragones alados; aunque tal vez pensara que podía seguir mejor la pista andando. En cual- quier caso, así fue como empezó su penoso viaje, siempre con una antorcha en la mano, y observando cuidadosamente todo lo que en- contraba a su paso. Y, cuando aún no se había alejado demasiado, halló una de las maravillosas flores del arbusto que con tanto esfuerzo Proserpina había con- seguido arrancar. “¡Ajá! -pensó la madre Ceres, examinándola con la antorcha-. Hay algo malo en esta flor. No ha brotado de la tierra con mi ayuda, ni ha crecido ella sola. Seguro que es cosa de magia,

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