El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

la encontró vacía. Sabiendo a ciencia cierta que a la niña le gustaban los juegos a la orilla del mar, se dirigió allí a toda prisa; y enseguida divisó los rostros mojados de las ninfas, pobre- cillas, asomándose por encima de las olas. Las simpáticas criaturas llevaban en el banco de esponjas todo aquel tiempo, sacando de vez en cuando la cabeza por encima del agua (cada medio minuto o algo así), para compro- bar si su compañera de juegos regresaba. Cuando vieron acercarse a la madre Ceres, se sentaron en la cresta de una ola, que las llevó hasta la orilla, depositándolas suavemente a sus pies. -¿Dónde está Proserpina? -gritó Ceres-. ¿Dónde está mi niña? Decidme, traviesas nin- fas, ¿acaso la habéis empujado al fondo del mar? -¡Oh, no, querida madre Ceres! -exclamaron las inocentes nereidas, echando hacia atrás sus verdes rizos y mirándola a los ojos-. Jamás haríamos algo así. Es cierto que Proserpina ha

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