El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

modos tan inexplicable que la niña se hubiera desviado hasta tan lejanas tierras y mares (que ni ella misma hubiera sido capaz de atravesar sin la ayuda de sus dragones alados) que la buena madre Ceres intentó tranquilizarse pen- sando que sería la hija de otra madre, y no su querida Proserpina, la que había lanzado aquel lastimoso grito. Aun así, se inquietó sobrema- nera, y no pudo dejar de sentir los peores te- mores, como es natural que ocurra en el cora- zón de todas las madres cuando tienen que se- pararse de sus queridos hijos sin dejarlos al cuidado de una tía soltera u otra persona de confianza. Por eso decidió abandonar ensegui- da el campo en el que había estado tan ocupa- da; y, al dejar el trabajo a medio hacer, el maíz apareció al día siguiente como si necesitara más sol y más lluvia, y como si alguna plaga hubiera atacado sus raíces y secado sus ma- zorcas. Los dos dragones debían de tener unas alas más que ligeras, pues en menos de una hora la madre Ceres se apeó a la puerta de su casa, y

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