El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

los que suelen gustar a los jóvenes) para Pro- serpina. En todo aquello escondía una secreta intención, pues es necesario que sepáis que cuando a una persona la han llevado a la fuer- za a un país encantado, si prueba allí algún ali- mento, jamás consigue volver a su hogar ni ver de nuevo a sus amigos. Ahora bien, si el rey Plutón hubiera sido lo suficientemente astuto para ofrecer a Proserpina un poco de fruta, pan o leche (que era lo que la niña estaba ha- bituada a comer), es muy probable que ella pronto se hubiera sentido tentada de probar- lo. Pero dejó el asunto en manos de su cocine- ro, que, como casi todos los amantes de los fo- gones, consideraba que solo merece la pena alimentarse de ricos pasteles, o carne muy condimentada, o tartas muy dulces y elabora- das, exactamente lo que la madre Ceres nunca daba a Proserpina, y que, en lugar de abrirle el apetito, lo único que consiguieron fue quitár- selo por completo. Pero mi historia debe abandonar los dominios del rey Plutón y asomarse al mundo exterior,

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