El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
allí eran tan poco apreciadas que ningún men- digo se habría agachado a recogerlas. No lejos de la puerta de entrada, llegaron a un puente, que parecía de hierro. Plutón detuvo el carrua- je y pidió a Proserpina que echara un vistazo al río que fluía lentamente por debajo. Jamás en su vida había visto una corriente tan aletarga- da, tan negra y aparentemente tan turbia; sus aguas no reflejaban la imagen de lo que había en sus orillas, y se movían tan perezosamente como si hubieran olvidado hacia qué lado de- bían discurrir, y hubieran preferido quedarse estancadas a decidirse a avanzar en un sentido u otro. -Es el río Leteo -observó el rey Plutón-. ¿Ver- dad que es un río muy agradable? -A mí me parece muy lúgubre -contestó Pro- serpina. -Pues a mí, sin embargo, me gusta -exclamó Plutón, que estaba siempre dispuesto a llevar la contraria a todo el mundo-. En cualquier caso, su agua es de una calidad excelente; un
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