El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

nuaba moviéndose en contra de su voluntad, con pinta de estar sumamente enfadado y malhumorado. -¿Me va a morder el perro? -preguntó Proser- pina, acercándose más al rey Plutón-. ¡Qué criatura tan fea! -Oh, no, no tengas miedo -repuso su acompa- ñante-. Nunca hace daño a las personas, a no ser que traten de entrar en mis dominios sin haber sido llamados o quieran escapar en con- tra de mi voluntad. ¡Abajo, Cerbero! Ahora, linda Proserpina, vamos a entrar. El carruaje siguió avanzando y el rey Plutón pareció sentirse muy complacido al encontrar- se de nuevo en su reino. Enseñó a la pequeña las ricas vetas de oro que se veían entre las rocas, y señaló diversos lugares donde un sim- ple golpe de piqueta podría desprender por lo menos un quintal de diamantes. Asimismo, a lo largo del camino, contemplaron resplande- cientes piedras preciosas, que habrían sido de un valor incalculable sobre la tierra, pero que

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