El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

vado como había pensado en un principio. -¡Ah, esta penumbra es verdaderamente re- frescante! -exclamó el rey Plutón-, especial- mente después de haber sido atormentado por la impertinente luz del sol. ¡Cuánto más agradable es el brillo de una lám- para o de una antorcha, sobre todo si se refle- jan en los diamantes! Va a ser todo un espec- táculo, cuando lleguemos a mi palacio. -¿Está muy lejos? -preguntó Proserpina-. ¿Me llevarás a casa cuando lo haya visto? -Ya hablaremos de eso más tarde -contestó Plutón-. Ahora estamos entrando en mis domi- nios. ¿Ves esa enorme puerta de entrada que hay delante de nosotros? Cuando la crucemos, habremos llegado a casa. Y allí, en el umbral, se encuentra mi fiel mas- tín. ¡Cerbero! ¡Cerbero! ¡Acércate, mi buen perro! Diciendo esto, Plutón sujetó las riendas y de-

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