El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

pocas fuerzas que aún le quedaban y lanzó un último grito, pero, antes de que Ceres tuviera tiempo de volver la cabeza, se perdió de vista. El rey Plutón había tomado un camino que cada vez era más tenebroso. Estaba bordeado de rocas y precipicios, entre los que traque- teaban las ruedas del carruaje, retumbando como el más ensordecedor de los truenos. Los árboles y arbustos que crecían en las grietas de las rocas tenían un pobre y triste verdor; y, aunque apenas era mediodía, el aire se oscu- reció y la luz se tornó gris y mortecina. Los cor- celes negros habían galopado tan deprisa que pronto dejaron atrás los límites del sol. Sin embargo, a medida que aumentaba la penum- bra, el semblante de Plutón iba adquiriendo cierto aire de satisfacción. Al fin y al cabo, no tenía tan mal aspecto, sobre todo cuando dejó de hacer aquellas horribles muecas con las que intentaba esbozar una sonrisa. Proserpina trató de ver su rostro en medio de las tinieblas, esperando que no fuera tan mal-

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