El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tadora joven que suba y baje corriendo las es- caleras, y alegre las estancias con su hermosa sonrisa. Eso es lo único que debes hacer para el rey Plutón. -¡Jamás! -contestó Proserpina, mirándole con su expresión más triste-. Jamás volveré a son- reír hasta que me dejes en la puerta de mi casa. Pero era como si se lo hubiera contado al vien- to que silbaba tras ellos, porque Plutón seguía azuzando a sus caballos, que corrían más velo- ces que nunca. Proserpina no cesaba de llorar, y lo hacía tan fuerte que su pobre voz parecía a punto de quebrarse para siempre; y, cuando apenas salía de su garganta un murmullo casi inaudi- ble, se le ocurrió mirar hacia un inmenso campo de espigas que se ondulaban con el viento. ¿Y a quién diríais que vio? Pues nada menos que a la madre Ceres, haciendo crecer el trigo, y demasiado ocupada para advertir el paso del carruaje de oro. La niña juntó las
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