El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
madre -contestó el rey Plutón-. Es un palacio, todo cubierto de oro, con ventanas de cristal; y, como por allí apenas entra la luz del sol, los aposentos están iluminados con lámparas de diamantes. Seguro que nunca has visto nada ni la mitad de fantástico que mi trono. Si así lo deseas, te dejaré sentarte en él y ser mi pe- queña reina, y yo me sentaré en el escabel. -¡No me interesan ni los palacios de oro ni los tronos! -exclamaba entre sollozos Proserpina-. ¡Oh, mi madre, mi madre! ¡Llévame con mi madre! Sin embargo, el rey Plutón, como se denomi- naba a sí mismo, lo único que hacía era gritar a los corceles, azuzándolos para que corrieran aún más veloces. -Intenta no ser tan ridícula, Proserpina -dijo en un tono más bien hosco y malhumorado-. Te ofrezco mi palacio y mi corona, así como todas las riquezas que existen bajo tierra, y me tra- tas como si te estuviera causando algún mal. Lo único que necesita mi palacio es una encan-
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