El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
niña en sus brazos, subió de nuevo al carruaje y, sacudiendo las riendas con fuerza, ordenó a voz en grito a los caballos negros que partie- ran al instante. Y la velocidad a la que estos galopaban era tan asombrosa que más pare- cían volar por el aire que correr en tierra firme. En un momento, Proserpina perdió de vista el apacible valle de Enna, donde siempre había vivido. Y muy pronto la cima del monte Etna se volvió tan azul con la distancia que fue casi imposible distinguirla del humo que salía a borbotones de su cráter. Pero la niña seguía chillando mientras sembraba de flores el ca- mino. Y su potente grito fue quedando detrás del carruaje; y muchas madres, al escucharlo, salían corriendo para ver si les había ocurrido alguna desgracia a sus hijos. Pero la madre Ceres estaba muy lejos, y jamás llegó a sus oídos. Mientras avanzaban a todo galope, el desco- nocido hizo cuanto pudo por tranquilizarla. -¿Por qué estás tan asustada, preciosa niña? -
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