El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-No tengas miedo, querida niña -dijo con su sonrisa más alegre-. ¡Ven! ¿No te gustaría dar un paseo conmigo en este precioso carruaje? Pero Proserpina estaba tan asustada que lo único que quería era estar fuera de su alcance. Y no era para menos, pues el extraño no pare- cía especialmente bondadoso, a pesar de su sonrisa. El tono de su voz era profundo y som- brío, y se asemejaba bastante al estruendo de un terremoto. Y, como suele ocurrir cuando los niños se ven apurados, la primera idea de Proserpina fue llamar a su madre. -¡Madre, madre Ceres! -gritó, toda tembloro- sa-. Ven pronto y sálvame. Pero su voz era demasiado débil para que esta la oyera. Además, lo más probable es que madre Ceres estuviera a mil kilómetros de dis- tancia, haciendo crecer el maíz en algún país lejano. Y ni siquiera habría podido serle útil a su pobre hija, aunque la hubiera escuchado; pues, en cuanto Proserpina empezó a llorar, el desconocido se bajó de un salto, cogió a la

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