El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

Pero en su ausencia el malvado rey había tra- tado tan mal a Dánae, que esta se había visto obligada a huir y a refugiarse en un templo donde unos sacerdotes ancianos y buenos la habían recogido. Estos sacerdotes dignos de alabanza y el pescador de buen corazón, que fue el primero en dar hospitalidad a Dánae y a Perseo cuando los encontró flotando en el arca, al parecer eran las únicas personas de la isla que se preocupaban por hacer el bien. El resto del pueblo, lo mismo que el rey Polidec- tes, eran notablemente malos y no merecían mejor destino que el que cayó sobre ellos, como ahora sabréis. Al no hallar a su madre en casa, Perseo se fue derecho a palacio, e inmediatamente le lleva- ron a presencia del rey. Polidectes no se ale- gró gran cosa de volver a verlo, porque casi es- taba seguro, con regocijo de su mal corazón, de que las gorgonas habrían hecho pedazos al pobre muchacho y se lo habrían comido de in- mediato. Pero al verlo volver sano y salvo, puso la mejor cara que pudo y le preguntó qué

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