El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
lado y, como llevaba el yelmo de la invisibili- dad, las gorgonas no supieron hacia dónde se- guirlo; además él hizo el mejor uso posible de las sandalias con alas, subiendo más o menos una legua. A aquella altura, cuando los gritos de las abominables criaturas ya llegaban hasta él muy débiles, se dirigió en línea recta hacia la isla de Serifo para entregar la cabeza de Me- dusa al rey Polidectes. No tengo tiempo de contaros varias cosas ma- ravillosas que le sucedieron a Perseo al volver a su casa, tales como matar a un horrible monstruo marino que estaba a punto de devo- rar a una hermosa doncella; ni cómo convirtió a un enorme gigante en una montaña de pie- dra con solo enseñarle la cabeza de la gorgo- na. Si dudáis de esta última historia, podéis hacer un viaje a África, cualquier día de estos, y veréis la montaña que todavía lleva el anti- guo nombre del gigante. Por último, nuestro valiente Perseo llegó a la isla, donde esperaba ver a su querida madre.
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