El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

arrastraron el carruaje y este desapareció de su vista, ya estaba en la orilla llamando a las ninfas para que salieran a jugar con ella. Cono- cían estas la voz de Proserpina y no tardaron en asomar su reluciente rostro y sus cabellos color verde mar por encima de las aguas, en cuyo fondo se encontraba su morada. Traían con ellas una gran cantidad de hermosas con- chas; y, sentándose en la arena húmeda, allí donde rompía la espuma de las olas, se entre- tuvieron en hacer un collar, que colocaron al- rededor del cuello de Proserpina. Para mostrar su gratitud, la niña les suplicó que la acompa- ñaran durante un corto trecho por los campos, pues quería coger muchas flores para hacer una guirnalda a cada una de sus compañeras de juego. -¡Oh, no, querida Proserpina! -exclamaron las ninfas-; no nos atrevemos a ir contigo a tierra seca. Corremos el peligro de desmayarnos si no respiramos la brisa del mar. ¿No has visto el cuidado que ponemos en dejar que la espu- ma de las olas caiga sobre nosotras, para estar

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