El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

porada se había retrasado especialmente, era importante que las cosechas maduraran con más celeridad que otros años. De modo que se colocó el turbante de amapolas (se distinguía por adornarse siempre con esas flores), se montó en su carruaje tirado por un par de dra- gones alados, y se dispuso a emprender ca- mino inmediatamente. -Querida madre -exclamó Proserpina-, me sen- tiré muy sola mientras estés lejos. ¿No me de- jarías bajar corriendo hasta la orilla y pregun- tar a las ninfas marinas si quieren salir de entre las olas y jugar conmigo? -Sí, hija mía -contestó la madre Ceres-. Las nin- fas son criaturas muy bondadosas, y nunca te harán el menor daño. Pero debes tener cuida- do de no alejarte de ellas, ni andar sola por los campos. Lejos del cuidado de su madre, las niñas pueden llegar a hacer muchas tonterías y verse metidas en graves apuros. La niña prometió ser tan prudente como una persona mayor; y, cuando los dragones alados

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