El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

ellos. Y, cuando todo quedó resuelto, ordenó llamar a sus demás compañeros, a los que había dejado en la orilla del mar. En cuanto estos llegaron, con el prudente Eurí- loco a la cabeza, se instalaron cómodamente en el palacio de Circe, con el fin de descansar de tan largo y fatigoso viaje. LAS SEMILLAS DE LA GRANADA La madre Ceres sentía un enorme cariño por su hija Proserpina, y muy rara vez la dejaba salir sola al campo. Pero, justo cuando mi his- toria comienza, la buena señora estaba muy ocupada, pues debía encargarse del trigo y del maíz, y también del centeno y la cebada, y, para no extenderme demasiado, de todos los cultivos en el mundo entero; y, como la tem-

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