El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-No hay duda de que se trata de mis hombres -dijo Ulises-. Reconozco su naturaleza. Casi no merece la pena devolverles el aspecto hu- mano. Sin embargo, será mejor hacerlo para que su mal ejemplo no pervierta a los demás cerdos. Que recobren su forma original, dama Circe, si tienes suficiente poder para ello. Ima- gino que será mucho más difícil de lo que fue convertirlos en cerdos. Circe volvió a agitar su varita, al tiempo que pronunciaba unas palabras mágicas que pare- cieron llamar la atención de los compañeros de Ulises, pues levantaron sus largas orejas para escucharla. Fue prodigioso observar cómo sus hocicos se acortaban, y cómo sus bocas (que posiblemente lamentaban no poder continuar engullendo a todas horas) se empequeñecían, y cómo empezaban a poner- se en pie sobre las patas traseras, y cómo se rascaban la nariz con las delanteras. Al princi- pio, no habría sido fácil decidir si eran cerdos o eran hombres, pero, poco a poco, quienes los contemplaban llegaron a la conclusión de que

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