El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
parecían más bien seres humanos. Y finalmente Ulises consiguió ver a sus veinti- dós compañeros con el mismo aspecto que te- nían al abandonar la nave. No debéis imaginar, sin embargo, que el ele- mento porcino de su naturaleza desapareciera por completo; pues cuando este penetra en el carácter de una persona, es casi imposible eli- minarlo. Y así lo demostró la traviesa hama- dríada, que arrojó otro puñado de bellotas ante los veintidós viajeros que acababan de recuperar su aspecto humano; y estos se aba- lanzaron sobre ellas, y las devoraron con bes- tial avidez, hasta que, recordando quiénes eran, volvieron a ponerse en pie, con una ex- presión más necia de lo habitual en su rostro. -¡Gracias, noble Ulises! -gritaron-. Has logrado que dejemos de ser torpes bestias y recupere- mos nuestra condición humana. -No os molestéis en darme las gracias -dijo el astuto rey-. Me temo que no he hecho gran
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