El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

de la pocilga, y cometían más excesos que sus compañeros de la piara. Pues, cuando los hombres se convierten en bestias, el poco in- genio que les queda les vuelve diez veces más brutales. Los marineros, sin embargo, aún no habían ol- vidado por completo su anterior postura erec- ta al caminar. Cuando Ulises se acercó a la po- cilga, veintidós cerdos enormes se separaron del grupo y corrieron hacia él, armando un gri- terío tan terrible que se vio obligado a taparse los oídos con ambas manos. Pero los cerdos no parecían saber lo que realmente querían, si tenían hambre o estaban deprimidos por algu- na otra razón. Y resultaba muy curioso obser- varles en medio de su desasosiego, metiendo sus narices en el barro, buscando algo que comer. La ninfa con el corpiño de corteza de árbol (la hamadríada de un roble) les arrojó un puñado de bellotas; y las veintidós bestias se abalanzaron sobre ellas, como si no hubieran siquiera probado un vaso de leche agria en doce meses.

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