El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
dón si Circe juraba solemnemente volver a convertir en hombres a sus compañeros, así como a todas aquellas bestias o aves que él le señalara. -Únicamente respetaré tu vida si cumples estas condiciones -aseguró. Con aquella espada pendiendo sobre su cabe- za, la hechicera habría estado dispuesta a hacer nada más que el bien toda la vida (de igual modo que hasta entonces solo había hecho nada más que el mal), por mucho que lo detestara. Así pues, se apresuró a conducir a Ulises hasta la puerta trasera, y le mostró la pocilga de palacio. Había unos cincuenta cer- dos allí reunidos, en su mayoría puercos de nacimiento y educación; y os aseguro que era casi imposible discernir cuáles de ellos acaba- ban de perder su aspecto humano. Si quere- mos ser sinceros, los hombres de Ulises pare- cían disfrutar especialmente de su nueva con- dición, y, obedeciendo a su verdadera natura- leza, se revolcaban en la parte más embarrada
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