El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tan terribles, y el filo de su espada brillaba con tanta intensidad, que Circe a punto estuvo de morir de miedo. El mayordomo real salió pre- cipitadamente del comedor, llevándose consi- go la copa dorada; y la hechicera y las cuatro jóvenes doncellas cayeron de rodillas, juntan- do las manos y suplicando clemencia. -¡Perdóname! -suplicó Circe-. ¡Perdóname, as- tuto rey Ulises! Ahora sé que eres aquel con- tra el que Azogue me previno, el más pruden- te y sabio de los mortales. No existe ningún embrujo capaz de derrotarte. Si me perdonas la vida, me convertiré en tu es- clava y serás el dueño de mi palacio. Las cuatro ninfas, entretanto, lloriqueaban las- timosamente; la nereida de cabellos verde mar derramaba abundantes lágrimas saladas, y la ninfa del arroyo lloraba con tanta amargu- ra que parecía a punto de desvanecerse en el aire, mientras gotas y más gotas de rocío ma- naban de la punta de sus dedos. Pero Ulises solo se mostró dispuesto a conceder su per-
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