El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

tapiz era mucho más rico en imágenes que cuando ellos lo habían visto. Y Ulises vio a sus veintidós amigos sentados en unos mullidos tronos con dosel, comiendo con voracidad y bebiendo grandes cantidades de vino. El tra- bajo de las mujeres se había detenido en esta escena, ya que la hechicera era demasiado as- tuta para permitir que nuestro héroe adivinara lo que sus poderes mágicos habían hecho con los glotones viajeros. -En cuanto a ti, valiente señor -dijo Circe-, a juzgar por la nobleza de tu porte, no hay duda de que eres un rey. Dígnate seguirme y serás tratado de acuerdo a tu rango. Ulises la siguió a la enorme sala donde sus veintidós camaradas habían celebrado el ban- quete que tantas desgracias les había acarrea- do. Pero siempre llevaba en su mano la peque- ña florecilla blanca, y no dejaba de olerla con disimulo cuando la hechicera hablaba. Justo antes de cruzar el umbral, aspiró a fondo su fragancia. En lugar de los veintidós tronos que

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