El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

había antes colocados a lo largo de la pared, Ulises observó un único trono en el centro de la estancia. Sin duda era el asiento más sun- tuoso jamás conocido, de oro macizo, rica- mente adornado de piedras preciosas, con un cojín que parecía haber sido confeccionado con innumerables pétalos de rosa, y un dosel brillante y luminoso; pues Circe sabía convertir la luz del sol en un deslumbrante tejido. La he- chicera cogió a Ulises de la mano, invitándole a sentarse en aquel majestuoso trono, y, dando unas palmadas, llamó al mayordomo real. -Trae la copa de los reyes -le ordenó-. Y llénala con aquel delicioso vino que tanto gustó a mi hermano, el rey Eetes, la última vez que me vi- sitó acompañado de su hermosa hija Medea. ¡Qué niña tan bondadosa y afable! Si estuviera aquí, le encantaría verme ofrecer ese vino a mi honorable huésped. Mientras el mayordomo real salía a buscar el vino, Ulises no despegó de la nariz la florecilla

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx