El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-¡Bienvenido, valiente extranjero! -exclamó-. Te estábamos esperando. La nereida del cabello verde mar le hizo una respetuosa reverencia; y lo mismo hicieron sus hermanas, la que llevaba el corpiño de corteza de roble, la que salpicaba gotas de rocío con la punta de sus dedos, y la que tenía otra singu- laridad que ya he olvidado. Y Circe (pues ese era el nombre de la hechicera), que creía que iba a poder engañar al astuto Ulises, se dirigió nuevamente a él con estas palabras: -Debes saber que también he ofrecido mi hos- pitalidad a tus compañeros, a los que he trata- do con la dignidad que merecen. Si así lo deseas, después de comer y beber algo, pue- des ir con ellos a los elegantes aposentos donde descansan. ¡Mira! Mis doncellas y yo hemos bordado sus figuras en este tapiz. Y señaló la hermosa tela que se hallaban te- jiendo. Sin duda Circe y las cuatro ninfas ha- bían trabajado con enorme diligencia desde la llegada de los marineros a palacio, pues el

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