El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

zón, habrían preferido arrancarle todos y cada uno de sus miembros. Las bestias gruñeron con enfado, y observaron a distancia cómo subía las escaleras del palacio. Al entrar, vio la fuente mágica en el centro del vestíbulo. El surtidor de agua había cobrado la forma del hombre de la larga túnica, y pareció darle la bienvenida con sus gestos. Asimismo, oyó el ruido de la lanzadera en el telar, la dulce melodía que entonaba la hermosa dueña del palacio, y las encantadoras voces de sus cuatro jóvenes doncellas conversando ale- gremente. Pero Ulises no perdió el tiempo es- cuchando sus carcajadas o su bella canción. Apoyó la lanza contra una de las columnas del vestíbulo y, preparando la espada para desen- vainarla, abrió de par en par las puertas de la estancia contigua. En cuanto la hermosa dama vio su majestuosa figura en el umbral, abando- nó el telar y se acercó a él con ambas manos extendidas, mientras una alegre sonrisa ilumi- naba su rostro.

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