El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

hubieran arrojado a los cerdos para que los devoraran vivos. Tras oír su relato, los hom- bres que se habían quedado en la nave sintie- ron un gran temor. Pero Ulises no tardó ni un segundo en ceñirse la espada, colgar el arco y la aljaba en su hombro, y empuñar una lanza. Cuando los hombres vieron a su astuto jefe preparándose para la lucha, quisieron saber dónde se dirigía, al tiempo que le suplicaban que no los abandonara. -Eres nuestro rey -gritaron-; y, además, el hombre más astuto del mundo. Solo tu sabiduría y tu valor pueden librarnos de este peligro. Si te vas al palacio encantado, sufrirás el mismo destino que nuestros pobres compañeros, y jamás podremos regresar a nuestra amada Ítaca. -Puesto que soy el rey -contestó Ulises-, y el más sabio de todos vosotros, tengo el deber de averiguar lo que les ha sucedido a mis hom- bres, y si existe alguna posibilidad de rescatar- los. Esperadme aquí hasta mañana. Si no re-

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