El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

nalmente, cuando oyó el alboroto organizado por los cerdos, y vio la figura de uno de esos animales en la fuente, decidió regresar a la nave para contarle al astuto Ulises los extra- ños sucesos. Así pues, bajó las escaleras todo lo deprisa que pudo, y corrió hasta la costa sin detenerse siquiera un instante para recobrar el aliento. -¿Por qué vuelves solo? -inquirió el rey Ulises en cuanto lo vio-. ¿Dónde están tus veintidós compañeros? Al oír estas preguntas, Euríloco rompió a llo- rar. -¡Ay! -sollozó-. Mucho me temo que nunca volveremos a verlos. Entonces procedió a contar a Ulises todo cuan- to sabía, y su sospecha de que la hermosa dama era una malvada hechicera, y el palacio de mármol, a pesar de su majestad, una tene- brosa cueva. Era incapaz de imaginar dónde podían estar sus compañeros, a menos que los

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