El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

perversidad), hasta que lograron conducirlos al patio trasero del palacio. Fue realmente un triste espectáculo (y espero que ninguno de vosotros sea tan cruel como para reírse de él) ver aquellas pobres criaturas olisqueando por aquí y allá, cogiendo una hoja de col o las raí- ces de un nabo, arrastrando el hocico por el barro. Además, en la pocilga se comportaron con mucha más indignidad que los cerdos de nacimiento; pues se mordían y gruñían unos a otros, metiendo las patas en el comedero, al tiempo que engullían con voracidad cualquier desperdicio. Y cuando no les quedó nada para comer, se amontonaron en la sucia paja, y se durmieron al instante. Si aún quedaba en ellos un resto de inteligencia humana, es muy posi- ble que apenas les sirviera para preguntarse cuándo los iban a degollar o cuál sería la cali- dad de su tocino. Entretanto, como os he contado antes, Eurílo- co había estado esperando y esperando y es- perando en el vestíbulo, sin poder compren- der lo que les había sucedido a sus amigos. Fi-

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx