El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
el aire. ¡Ay! ¡Cómo les colgaban las orejas! ¡Qué ojillos en- rojecidos rodeados de grasa! ¡Qué largos hoci- cos, en lugar de sus narices griegas! Y, a pesar de ser unos auténticos brutos, aún podían darse cuenta de lo ocurrido, y se ho- rrorizaban de su nuevo aspecto. Intentando la- mentar aquel triste destino, lanzaban unos chillidos tan violentos y estridentes como si un carnicero les atravesara la garganta con un enorme cuchillo o, cuando menos, como si al- guien tirara con fuerza de sus ridículas colitas enroscadas. -¡A la pocilga! -gritó la hechicera, dándoles rá- pidos golpes con su varita-. ¡Llevaos a estas bestias de aquí y dadles algu- nas bellotas para comer! -ordenó a sus cria- dos. Abriendo de golpe la puerta de la sala, los cer- dos corrieron hacia todas partes menos por donde debían ir (manifestando así su habitual
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