El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

la hechicera agitó la varita mágica, dando una fuerte patada en el suelo. Cada uno de los hombres vio con espanto cómo en los mismos tronos dorados, donde un instante antes se sentaban sus compañeros, aparecían cómoda- mente instalados veintiún cerdos. Pero cuan- do, creyendo ser todavía humanos, quisieron gritar para expresar su asombro, lo único que salió de su garganta fue un extraño gruñido, que les hizo comprender que todos habían co- rrido la misma suerte. Resultaba tan absurdo ver a aquellos cerdos sentados en los mullidos cojines que ellos mismos empezaron a revol- carse por el suelo, como es costumbre entre los animales de esa especie. Trataron de que- jarse y de pedir clemencia, pero solo consi- guieron articular los chillidos y los gruñidos más espantosos que jamás surgieron de la gar- ganta de un cerdo. Quisieron retorcer las manos con desesperación, pero esto no hizo sino aumentar su desaliento, pues se veían a sí mismos sentados sobre sus cuartos traseros, agitando ridículamente las patas delanteras en

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