El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
(que había llevado siempre en la mano, a pesar de que nadie lo había advertido), señaló uno a uno a todos los invitados. A pesar de la belleza de su rostro, y de la sonrisa que lo ilu- minaba, la dama tenía un aspecto tan malvado y tan ruin como la serpiente más espantosa que jamás hayan contemplado unos ojos hu- manos; y, aunque se hallaban algo adormeci- dos, los marineros empezaron a sospechar que habían caído en poder de una perversa hechicera. -¡Desgraciados! -gritó-. Habéis abusado de la hospitalidad de una dama; y vuestro compor- tamiento en esta sala principesca ha sido el de una piara de cerdos en una pocilga. Solo la apariencia humana, de la que sois indignos, os separa de estas bestias, ¡me avergüenzo de parecerme a vosotros! Únicamente necesitaré un poco de magia para transformaros. ¡Adop- tad la fisonomía de un cerdo, glotones! ¡Y marchaos al chiquero! Mientras pronunciaba estas últimas palabras,
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