El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
no pudieron comer más, pues estaban a punto de explotar. -¡Soy incapaz de comer ese último pedazo de tocino! -exclamó uno de ellos. -No me cabe ni un bocado más -aseguró su ve- cino, exhalando un suspiro-. ¡Qué lástima! ¡Y eso que sigo teniendo tanta hambre como siempre! Para ser breves, os diré que todos dejaron de comer y se recostaron en los respaldos de sus tronos, con un aspecto tan necio que resulta- ba cómico contemplarlos. Cuando la dueña del palacio observó aquella escena, empezó a reír a carcajadas. Y no solo siguieron su ejemplo las cuatro jóvenes doncellas, sino también los veintidós criados que llevaban las viandas y los veintidós coperos que servían el vino. Y, cuan- to más fuerte se reían, más estúpidos e impo- tentes parecían los glotones viajeros. Enton- ces, la hermosa anfitriona se colocó en el cen- tro de la sala, y extendiendo una varita mágica
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