El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
para acompañar una comida así. Aunque tam- bién tiene un sabor peculiar. Pero cuanto más lo bebo más me gusta. A pesar de todas sus críticas al festín, la ver- dad es que estuvieron comiendo durante un tiempo prodigiosamente largo; y sin duda os habría avergonzado ver cuánto vino derrama- ban al beber y con qué avidez engullían las viandas. Es cierto que estaban sentados en tronos dorados, pero se comportaban como cerdos en una pocilga; y, si no hubiesen perdi- do por completo la cabeza, se habrían dado cuenta de que aquella era la opinión tanto de la hermosa anfitriona como de sus doncellas. Todavía me sonrojo cuando pienso en las montañas de carne y budín, y en las ingentes cantidades de vino que aquellos veintidós glo- tones comieron y bebieron. Olvidaron sus hogares, a sus mujeres y a sus hijos, al rey Ulises y todo lo que no fuera aquel banquete, que les habría gustado que no ter- minara nunca. Pero llegó un momento en que
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