El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
dos servían a los veintidós invitados de comer y de beber, la dueña del palacio y sus cuatro damas de compañía iban de un trono a otro, animándoles a seguir hasta quedar saciados, y diciéndoles que querían recompensarles por todos los días que llevaban sin probar bocado. No obstante, en cuanto los marineros dejaban de mirarlas (lo que ocurría a menudo, pues casi siempre estaban pendientes de fuentes y vasijas), la hermosa dama y sus jóvenes donce- llas se hacían a un lado y rompían a reír. Ein- cluso los criados, mientras se arrodillaban para ofrecer los platos, sonreían con desprecio, mientras los hombres de Ulises continuaban sirviéndose los manjares. De vez en cuando, los viajeros parecían probar algo que no acababa de gustarles. -Este plato tiene un extraño condimento -afir- mó uno-. No puedo decir que me entusiasme. Pero lo mismo da… -Empújalo con un buen trago de este vino -su- girió el compañero que tenía al lado-. Es ideal
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