El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
tos. Si no fuera porque tan bondadosa señora podría ofenderse, pediría un buen trozo de to- cino frito de aperitivo. ¡Menudos glotones! Ya veis que no tenían re- medio. Incluso sentados en aquellos tronos reales, dignos y majestuosos, únicamente pen- saban en saciar su voraz apetito, como vulga- res cerdos o lobos; pues ciertamente se halla- ban más cerca de estos viles animales que de unos reyes (aunque estos no siempre son tan dignos como debieran). La hermosa señora dio dos palmadas; e inme- diatamente veintidós sirvientes entraron en fila en la sala, llevando los platos más exquisi- tos, y aún tan humeantes que una nube de vapor empañó la cúpula de cristal. Un número igual de sirvientes trajeron grandes jarras de vino, de distinta variedad; y algunos burbujea- ban cuando los servían y gorgoteaban al bajar por la garganta, mientras otros eran tan suma- mente claros que dejaban ver las figuras labra- das en el fondo de las copas. Mientras los cria-
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