El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
lo largo de la pared, pudieron contar hasta veintidós tronos con doseles carmesíes y dora- dos, provistos de mullidos cojines con borlas doradas. Los viajeros fueron invitados a sen- tarse en ellos; y allí estaban, aquellos veintidós curtidos marineros, andrajosos y harapientos, cómodamente instalados en los veintidós tro- nos, adornados de forma tan majestuosa que el más orgulloso de los monarcas difícilmente habría podido gozar de mayor esplendor. Tendríais que haber visto a los invitados asen- tir con la cabeza, guiñar un ojo, e inclinar el cuerpo hacia el trono vecino para manifestar con roncos susurros su enorme satisfacción. -Nuestra maravillosa anfitriona nos ha conver- tido a todos en reyes -dijo uno de los hom- bres-. ¿No llega hasta vosotros el olor del fes- tín? Apuesto a que va a ser digno de veintidós soberanos. -Eso espero -repuso otro-. Nos servirán sucu- lentos solomillos, costillas de cerdo, cuartos traseros, todo ello sin demasiados condimen-
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