El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

la cueva de Polifemo, donde le habían arran- cado al cíclope aquel enorme ojo que tanto re- cordaba a la luna. Y, en otro lugar, se veía cómo desataban los sacos de cuero, dejando escapar a los vientos contrarios. También podía contemplarse su huida del gigantesco rey de los lestrígones, quien había atrapado a uno de ellos por la pierna. Finalmente, aparecían sentados en la desierta orilla de aquella isla, abatidos y hambrientos, mirando tristemente los huesos del ciervo que la noche anterior habían devorado. El tapiz aún no estaba terminado, pero sin duda, en cuanto aquella hermosa mujer volviera a sen- tarse en el telar, continuaría tejiendo sus an- danzas. -Ya veis -afirmó- que conozco todos vuestros infortunios; podéis tener la seguridad de que mi único deseo es que tengáis una estancia agradable en palacio. Por ello, honorables huéspedes, he dado la orden de que preparen un banquete. Aves,

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