El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

solo un cerdo, revolcándose en la taza de már- mol. Ahora tenemos que dejar al prudente Euríloco esperando en el vestíbulo, y seguir a sus ami- gos hasta los lugares más secretos del palacio. Tan pronto como la hermosa dama los vio en- trar, abandonó el telar, como os he contado, y se acercó sonriendo a ellos, tendiéndoles la mano. Cogió el brazo del hombre que iba en cabeza, y dio a todos la bienvenida. -Hace mucho tiempo que os esperamos, queri- dos amigos -dijo-. Mis doncellas y yo os cono- cemos bien, aunque vosotros no parezcáis re- conocernos. Mirad este tapiz y juzgad si vues- tros rostros son familiares o no para nosotros. Los viajeros examinaron la tela que la hermosa dama estaba tejiendo; y no pudieron sino ma- ravillarse al contemplar sus figuras hábilmente representadas con hilos de distintos colores. Allí aparecían, casi como si fueran reales, todas sus aventuras más recientes. Una parte del tapiz mostraba a los hombres de Ulises en

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