El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

Euríloco, en completa soledad tras la columna del vestíbulo, esperó hasta cansarse, escu- chando atentamente cualquier cosa que se oyera. Pero no volvió a saber nada de sus compañeros, si bien es cierto que llegó a sus oídos un ir y venir de pasos en otros rincones del palacio, así como ruido de vajillas de oro y plata, que le hicieron imaginar una fastuosa fiesta en la sala de los banquetes. Sin embar- go, de pronto, se produjo un tremendo grite- río, seguido de una repentina desbandada, como si una multitud de pequeñas pezuñas corrieran por el suelo de mármol. Entretanto, los chillidos de la dueña del palacio y de sus cuatro doncellas expresaban burla e indigna- ción. Euríloco fue incapaz de comprender lo sucedido, a menos que una piara de cerdos hubiera irrumpido en el interior del palacio, atraída por el olor del banquete. Dirigiendo ca- sualmente su mirada hacia la fuente, observó que no cambiaba de forma como antes; ya no parecía un hombre con una larga túnica, ni un león, ni un tigre, ni un lobo, ni un asno: tan

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