El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

abrir y cerrar de ojos. Ninguna de estas advertencias pareció impre- sionar a sus amigos, que se acercaron a una puerta corredera al fondo del vestíbulo y, abriéndola de par en par, entraron en la estan- cia contigua. Euríloco, entretanto, se escondió detrás de una columna. Sin embargo, antes de que la puerta se cerrara, vislumbró a una mujer de gran belleza que se levantaba del telar y acudía a recibir a los pobres y curtidos viajeros con una sonrisa hospitalaria, tendién- doles la mano en señal de bienvenida. Había otras cuatro mujeres que unieron sus manos y empezaron a bailar alegremente, mientras ha- cían reverencias a los desconocidos. Y eran casi tan hermosas como su señora. Sin embar- go, Euríloco creyó ver que una de ellas tenía el pelo color verde mar, que el ceñido corpiño de otra semejaba el tronco de un árbol, y que las dos últimas resultaban un tanto extrañas, aun- que no fuera capaz de precisar la razón en tan corto espacio de tiempo.

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