El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

hilo -dijo otro de los hombres-. ¡Cómo me re- cuerda al hogar! ¡Ay! Antes del asedio de Troya yo también oía su zumbido bajo mi techo acompañado de las risas de las mujeres. ¿Acaso no volveré a escu- char tan gratos sonidos? ¿No saborearé nue- vamente aquellos deliciosos platos que mi amada esposa me servía? -¡Tonterías! Aquí lo pasaremos mejor -afirmó un compañero-. ¡Con cuánta inocencia charlan esas mujeres sin sospechar siquiera nuestra presencia! Prestad atención a esa voz tan me- lodiosa. Resulta tan agradable y familiar, y al mismo tiempo es tan evidente su autoridad… Presentémonos enseguida. ¿Qué daño pueden hacer la dueña del palacio y sus damas de compañía a unos marineros y guerreros como nosotros? -Recordad -dijo Euríloco- que fue una joven doncella quien engañó a tres de nuestros com- pañeros en el palacio del rey de los lestrígo- nes, el cual se zampó a uno de ellos en un

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