El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
A pesar de ello, Euríloco creyó percibir algo feroz y salvaje en sus miradas; y no le habría sorprendido sentir los terribles zarpazos del león, o ver a los tigres abalanzarse sobre los hombres, o a los lobos arrojarse a sus gargan- tas, después de tantas manifestaciones de ca- riño. Aquella mansedumbre parecía irreal, un simple capricho; pues su naturaleza salvaje era tan verdadera como sus dientes o sus garras. No obstante, los hombres cruzaron el césped sanos y salvos, acompañados de las bestias salvajes, que no dejaban de saltar y juguetear a su alrededor, sin hacerles el menor daño; pero, al subir la escalinata del palacio, pudo oírse un gruñido casi imperceptible que pare- ció surgir de la garganta de los lobos, como si lamentaran haber dejado pasar a aquellos desconocidos sin siquiera probar sus carnes. Euríloco y sus seguidores avanzaron bajo un grandioso pórtico, y contemplaron el interior del palacio a través de la puerta de entrada, que alguien había dejado abierta.
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