El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

que volvamos. -No, no -respondieron sus camaradas, olfa- teando ya el aroma de una buena cena-. No regresaríamos a la nave aunque tuviéramos la certeza de que el rey de los lestrígones, gigan- tesco como una montaña, estuviese sentado a la cabecera de la mesa, y el enorme Polifemo, el cíclope de un solo ojo, se hallara a sus pies. El palacio apareció, por fin, ante sus ojos; y re- sultó ser verdaderamente grandioso, con ele- gantes pináculos en lo alto de sus torres. A pesar de que era mediodía, y de que el sol res- plandecía en su fachada de mármol, la nívea blancura y el extraordinario estilo arquitectó- nico producían una sensación de irrealidad, se- mejante a la de las figuras de escarcha en el cristal de una ventana, o a los castillos que uno cree divisar entre las nubes, a la luz de la luna. Sin embargo, en aquel preciso instante una ráfaga de viento empujó el humo de la chimenea hacia los hombres de Ulises, que, en cuanto olieron su plato favorito, empezaron a

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