El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

da luz del crepúsculo. -¡Qué pérdida de tiempo cultivar estas flores! - observó uno de los hombres (y repito sus pala- bras para que recordéis lo glotones que eran)-. Si yo fuera el dueño del palacio, ordenaría a mi jardinero que cultivara sabrosas especias para hacer un buen relleno para la carne asada o adobar un estofado. -¡Bien dicho! -exclamaron sus compañeros-. Pero seguro que también hay un huerto en la parte trasera. Cuando llegaron a una fuente cristalina, se de- tuvieron a beber agua, a falta de algún licor que sin duda hubieran preferido. Al asomarse a ella, contemplaron sus rostros borrosamente reflejados, tan deformados por el movimiento del agua que cada uno de ellos parecía burlar- se de sí mismo y de todos sus compañeros. Y eran unas imágenes tan ridículas que empeza- ron a reír a carcajadas, y por mucho que lo in- tentaran eran incapaces de recuperar la serie- dad. Y, cuando, finalmente, lograron saciar su

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