El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

-Ese pájaro -recalcó Euríloco- conoce mucho mejor que nosotros lo que nos espera en el palacio. -¡Sigamos adelante! -gritaron sus compañe- ros-. ¡Pronto sabremos tanto como él! Así pues, los hombres continuaron su camino a través de aquel hermoso bosque. De vez en cuando, vislumbraban el palacio de mármol, cuya belleza aumentaba a medida que se aproximaban a él. No tardaron en lle- gar a un ancho sendero, primorosamente cui- dado, que avanzaba serpenteando, mientras el sol derramaba sus rayos entre los gigantes- cos árboles, llenando de trémulos puntos de luz los lugares más sombríos. El camino estaba bordeado de numerosas flores de exquisita fragancia, que los marineros no recordaban haber visto jamás. Eran tan hermosas y abun- dantes que, si crecían silvestres, aquel era el jardín más exuberante de la tierra y, si prove- nían de otro lugar, debía tratarse de las Islas Afortunadas, allá en la lejanía, junto a la dora-

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