El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

Quedó suspendida en el aire sobre Euríloco, rozándole casi el rostro con las alas. -¡Pío, pío, pío! -repitió. Y era un canto tan lastimero que parecía como si a la pequeña criatura se le fuera a partir el corazón, tan fuerte era su deseo de contar aquel terrible secreto. -Hermoso pajarillo -dijo Euríloco; pues era una persona cautelosa y se mostraba siempre atento a cualquier advertencia-, ¿quién te ha enviado aquí? ¿Qué deseas decirnos? -¡Pío, pío, pío! -fue su desconsolada respuesta. Entonces se alejó volando hacia la cima del acantilado, como si quisiera verles regresar por donde habían venido. Euríloco y algunos de sus hombres afirmaron que preferían vol- ver a la nave, pues sospechaban que aquella avecilla les estaba avisando de los peligros que iban a encontrar en el misterioso palacio; y por el simple hecho de conocerlos el etéreo

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